Me inclino ante el cuerpo de pureza y de simplicidad del Buda, no nacido y no muerto.

Me inclino ante el cuerpo invisible de la Alegría Perfecta del Buda.

Me inclino ante la ubicuidad del cuerpo del Buda, y ante las formas que reviste.

Me inclino ante lo Divino que da poder a la conciencia.

Me inclino ante los Protectores de la Realidad que iluminan mi camino.

Hace tiempo que dejé de escribir para familiares y amigos, ahora escribo para ti, eso a quién tú representas, eso que todavía está vivo en ti.


Hace tiempo describía el lenguaje como uno de nuestros intentos por hacer expresable la existencia. Como uno de nuestros intentos de rescatar nuestro pensamiento a través de la apariencia espacio-tiempo. Y como uno de nuestros intentos de acomodar nuestro pensamiento al símbolo: conversión pacífica y amorosa de la memoria.

Pretendía la formulación exacta de su presencia interestelar.

Pero parece un obstáculo insalvable la tarea del lenguaje humano, el lenguaje tal como lo conocemos ya tocó a su fin con Samuel Beckett, que patentizó la imposibilidad de la comunicación, sus palabras: «No hay nada que decir, y si hubiese algo que decir no habría desde donde decirlo, y si hubiese desde donde decirlo, no habría a quien decirlo, y si hubiese a quien decirlo, entonces no habría nada que decir», constituyen lo que yo llamaba allá por el 2000 «las tijeras del comercio de la palabra»:

1_ No hay nada que decir:

Lo evidente es lo evidente. La realidad no necesita ser expresada.

2_ Si hubiese algo que decir no habría desde donde decirlo:
A- Las palabras, relativas, tan sólo puede mostrar una realidad también relativa.

B- Todo se encuentra cosificado, los medios de comunicación ocluyen el tránsito natural de la palabra. Impiden una relación de reciprocidad, y a falta de una verdadera comunicación, se convierten en una dictadura de los mass media hacia el lector-espectador-receptor. Así mismo, le impiden pensar por sí mismo, sin esta capacidad no es posible la idea de receptor.

3_ Si hubiese desde donde decirlo, no habría a quien decirlo:

A- La existencia de un medio de comunicación libre e independiente, crearía a la larga un equilibrio que haría innecesaria la existencia de tal medio.

B- La posibilidad de la existencia de un medio de comunicación libre e independiente no garantiza en absoluto la posibilidad de un lector-espectador-receptor, ya que este no se encuentra preparado para asumir su propio papel, que tendría que reconocerse en un nuevo orden, tanto interior como exterior, puesto que vivimos en la incompatibilidad de estos dos mundos.

4_ Si hubiese a quien decirlo, entonces no habría nada que decir:

Efectivamente, si existiese un lector-espectador-receptor adecuado, entonces la palabra sería innecesaria, ya que éste, podría leer en cualquier acontecimiento humano con mayor precisión y riqueza que en cualquier texto o codificación de los contenidos de la experiencia humana.

La palabra, a menudo, no hace más que devaluar los contenidos de la experiencia humana; y dar a conocer su existencia, se convierte, en muchos casos, con el correr del tiempo, en el teatro de la amnesia colectiva, pues los términos se relativizan y se tiende a opacar la veracidad, no a la que aspiraron, sino de la que nacieron.

Esta previsión, es algo de lo que ya los pueblos de la antigüedad habían tomado conciencia, y así, tanto el pueblo egipcio, como el maya, se mantenían a cierta distancia de los usos totalitarios de los fonogramas, pese a poseer sistemas logosilábicos evolucionados, situándose en la escritura entre el ver y el pensar, pareciendo decir ese lema de: «la forma es el contenido, y el contenido la forma».

Estimado lector, te habrás dado cuenta ya de las medias verdades, con las que edulcoramos éste maravilloso galimatías, con el que nuestro lenguaje parece herido de muerte. Pero si yo expreso que «no hay nada que expresar», lo único que tú puedes y debes pensar es que toda forma alude a un único despertar de los sentidos, que es a su vez su propio contenido.

Es cierto, muy cierto, que por más palabras que yo utilice, si no has tenido la experiencia de la que yo hablo, es imposible que comprendas, a través de éstas, el contenido. Y si ya has tenido la experiencia, para qué expresarlo. ¿Es posible una actualización del lenguaje? Sí.

S. Beckett solo pone de relieve ese teatro del absurdo, en la que el análisis premonitorio del verbo, encontrado y pleno en sí mismo, parece borrar de un plumazo en su apelación exhaustiva toda la realidad circundante. Esto podría ser así si no hubiésemos creado nuevas herramientas, que nos permiten emplear nuevos campos semánticos tanto exteriores al texto como interiores.

El lenguaje es la perífrasis del sujeto en su capacitación histórica: Tiempo y eternidad.

Es la palabra un cuerpo vivo, que toma impulso en el espíritu de la literatura, y que traza estelas en otro cuerpo, más fantástico todavía que es el aliento de la eternidad, morada indiscutible del verbo, pronunciándolo con la exactitud de aquellas clarividentes palabras: «Cielos y Tierra pasarán más tus palabras no pasarán». Y si mis palabras pasan inadvertidas entre los Cielos y la Tierra no importa, porque al fin mis palabras, que serán entonces las tuyas no pasarán inadvertidas, y al fin serán la sustancia del mismo verbo.